El difícil arte de hacer una armadura

Si algo llama la atención en las justas medievales son las armas que portaban los caballeros. Los encargados de su elaboración formaban parte de un gremio, con jerarquías bien establecidas. En España, los aprendices de maestros espaderos recibían una suerte de beca por parte de sus tutores. Estos se encargaban de su manutención durante un período de tiempo, estipulado en un contrato, tras el cual, si reunían las condiciones, eran nombrados oficialmente.

Pero la armería no contemplaba un solo oficio. Eran muchos los artesanos involucrados en el arte de la fabricación de armas. Así, los lorigueros eran los encargados de hacer las cotas de malla, mientras que cerrajeros fabricaban las bisagras, hebillas y cierres de las armaduras; por otra parte, estaban los pulidores, encargados del acabado final, antes de pasar las piezas a manos de los orfebres y grabadores para su decoración.

Este conglomerado de trabajadores eran subcontratistas de un taller principal, generalmente conformado por un reducido grupo de familias que ejercían el control de la elaboración de arneses.

La producción solía ser en serie, asumiendo en cada encargo la elaboración del armamento de todo un ejército. Sin embargo, los monarcas y nobles sí disponían de un trato especial, pudiendo solicitar la fabricación de armaduras a medida. A diferencia de un sastre, para calcular la dimensión de las piezas, el maestro debía llevar varias a medio hacer, para construir con ellas un patrón. Los medidas debían tomarse no sólo en el pecho y extremidades, sino que también incluían la cabezas, manos y pies, además de probarse en diversas posturas para asegurar que permitieran la flexión de los brazos y piernas.

Con estas medidas se regresaba al taller, donde se trabajaba por un período de al menos dos meses en la confección de la armadura. Para la obtención de la chapa se partía de un trozo de hierro que se martilleaba hasta lograr el grosor adecuado. El maestro indicaba a sus aprendices dónde y con qué inclinación debían golpear, a fin de conseguir el espesor preciso.

Una vez obtenido se procedía a su modelado. Para ello se contaba con yunques y martillos de diferentes formas y tamaños. Esta era una labor delicada, pues la chapa tendría, como máximo, 2 mm de grosor y cualquier descuido podía estropear la pieza. La chapa se colocaba sobre un yuque cóncavo, calzado en un tocón de madera, para impedir la vibración.

Así se procedía con cada una de las piezas: brazal, guantelete, peto. Los excedentes de la chapa se cortaban con una cizalla y se procedía entonces a colocar las bisagras. Los maestros cerrajeros fabricaban los quijotes y grabas y bisagras en hierro o bronce, siguiendo las indicaciones del cliente.

Por su parte, los talabarteros hacían las correas que sujetarían las piezas al cuerpo, procedimiento que sólo podía efectuarse cuando el arnés estuviese completo.

El proceso de ornamentación requería el concurso de orfebres y grabadores. Las más altas jerarquías solicitaban terminaciones con filigranas que ameritaban el empleo de martillos, cinceles y limas.

El paso final era el pulido. Se realizaba con arenas de distintos grosores para suavizar los efectos del martillado y limar los bordes irregulares. Si se quería un acabado satinado, se frotaba la superficie con una mezcla de polvillo de óxido de hierro y agua.

El montaje final podía realizarlo el pulidor o un armero del taller principal. En cualquier caso debían añadir las guarniciones interiores de los yelmos. Por lo general se elaboraban en fustán relleno de crin de caballo, para crear una especie de bolsa que absorbiera los impactos.

La armadura quedaba entonces lista para ser entregada al caballero. Pero como todo servicio de lujo, el encargado de la entrega llevaba consigo algunas herramientas, por si fuera necesario hacer algún ajuste sobre el cuerpo. Y es que con el precio que tenían estos trajes de batalla, bien valía la pena el esfuerzo.